lunes, 8 de septiembre de 2008

Caracas ciudad-Caracas violenta




































Ya lo finisecular es cosa del pasado. Vestidos de grandezas, aterrados por las incertidumbres, cruzamos la línea del siglo y descubrimos que en esencia continuábamos siendo los mismos, al menos eso creíamos.

Ser citadino es una condición, pero también un estigma. Se tiene la aparente ventaja de estar en el medio del meollo, en el preciso sitio donde todo ocurre y donde se es participe de cuanto pueda ocurrir. Las ciudades, las grandes ciudades, las megalópolis, tienden a reestructurarnos la vida y Caracas ha hecho lo finamente labrado en cada uno de nosotros. Para bien o para mal, es la ciudad que habitamos, la que hemos visto crecer, transformarse y mutarse en este gigantesco monstruo incontrolable, que al actual Alcalde Mayor, Juan Barreto, le queda muy, pero muy grande.

Transcurren nuestros días, entre el infernal e incontrolable enjambre de carros, entre las zigzagueantes motos que le han devuelto a muchos, la transitabilidad por calles y autopistas, entre piruetas y maromas, montados en sus artefactos chinos, (a sabiendas de la inminente caducidad del aparato, éstas se siguen vendiendo, se siguen fundiendo), abundan como arroz. Pasan nuestras horas entre cuentos de otros, aquellos semejantes que dan testimonio de su parte de guerra: mataron a un vecino; a los abuelos de alguien; secuestraron a mi sobrina; me robaron el carro; le clonaron la tarjeta; la amenazaron de muerte; le dieron plazo de unas horas para conseguir el dinero; la violaron en aquel sitio; lo despojaron de su moto; lo acribillaron por venganza; lo acorralaron en la esquina; lo alcanzó una bala perdida.

Quedó en la línea de fuego; eran dos los sicarios que se le fueron encima; lo mataron como a un perro, el no era malandro, el era buena gente. Murió poniendo un niple, salieron los tupamaros armados hasta los dientes. Le arrancaron el reloj, le perdonaron la vida y ahora anda asustado. Lo siguieron al salir del banco, lo encañonaron con una pistola, no sabia si era de verdad o de juguete. Era policía y robaba con unos panas choros, era choro y trabajaba como policía. Los acribillaron mientras dormían, mientras jugaban en la cancha, mientras bailaban en la azotea, cuando iban al colegio, saliendo de sus casas, mientras se bajaban del carro, cuando salían de la universidad. Lo agarraron con 3 kilos y lo soltaron rapidito. Mató a cinco y anda libre, ese tiene amigos en el gobierno y no paga muertos. Se fue y nadie vio nada. Las cámaras del banco lo grabaron pero nadie lo reconoce. Usaban armas largas y nadie sabe de donde las sacaron. Le dieron un abrazo y le pidieron el ipod; lo mató su amigo de toda la vida; le arrancaron el teléfono en plena calle y nadie hizo nada; le pidieron recompensa por el carro; lo encañonaron en el ascensor, los robaron a todos y los bajaron del autobús; les pidieron que se acostaran en el suelo y contaran hasta mil; los humillaron, los vejaron, se comieron la comida, también se llevaron el perro, la comida del lorito, quemaron la casa, huyeron en una camioneta blanca, dejaron muchas huellas, se portaron como profesionales, actuaban muy nerviosos, pedían que no les viéramos la cara, estaban bajo los efectos de las drogas; vestían de militares, vestían de policías, actuaba como taxista, se hacía pasar como profesor, se disfrazaba de cura, parecía buena gente y era un asesino, lo cercenó en varios pedazos y guardó los segmentos en varias bolsas. Lo lanzaron al Guaire, lo golpearon hasta matarlo, lo mataron de una pedrada, murió del susto, nos desvistieron a todos; se llevaron las llaves de todos los carros; incendiaron el estacionamiento; lo mataron por impedir que violaran a su novia; saquearon la escuela, rompieron los armarios, se llevaron las cámaras; incendiaron la garita, le prendieron fuego a un soldado. A ese lo desaparecieron por unas deudas en un bingo; le dieron burundanga y le vaciaron la casa; se llevaron el cajero automático, vaciaron la bóveda, arrancaron los teléfonos; incendiaron las computadoras, robaron a todos en la funeraria y en la iglesia, le pegaron al cura para después quitarnos todo. Destrozaron al cementerio.

Profusos son los esfuerzos desde las tribunas oficiales por intentar maquillar las cifras, las bajas de la población que aquí habita. Pero todos sabemos, todos acarreamos las estadísticas personales que demuestran que esto, no es Berna. Nuestra ciudadanía se ha degradado, se ha extraviado, nos las han esquilmado entre decorados de grandeza nacionalista y la reelaboración de una historia reciente, que nos convierte (o pretende hacerlo) en borregos lobotomizados que tienen que aplaudir, reír o llorar, cantar y celebrar, pelear y dar la vida, según los designios y caprichos, de quien hoy detenta la primera magistratura en nuestro país.

Aquí se anda con miedo, con el sigilo de quien se sabe víctima, perseguido, observado por quienes detentan el poder de devaluarte la existencia, cambiarte el curso de los días o darte el billete gordo de su lotería: hacerte “muñeco”, dejarte quieto en el asfalto, en la esquina, dentro del carro, en el restaurante, en la tienda, dentro de tu casa, a la salida del cine, para hacerte protagonista de las listas negras del luto y el llanto, esa que se empeñan en disfrazar los personeros del Estado, para hacerle ver a la mayoría, que Suiza está en nuestra geografía.

No puede ocultarse el carácter violento de la ciudad que habitamos. No puede negarse la asimilación de códigos sombríos y macabros con los que hemos aprendido a “convivir”. No puede omitirse, cuan fracturados estamos en nuestra malograda condición de caraqueños. Rascacielos con helipuertos, autopistas colmadas de autos del año, centros comerciales de diseño futurístico, edificios de apartamentos que se cotizan en dólares, marcan el signo de una ciudad que transcurre paralela a esa otra Caracas, donde se convive entre balas, entre cúmulos de basura, entre ríos de aguas cloacales, con casas de techo de láminas de zinc, con familias viviendo bajos los puentes, con paredes de tablas de madera, que ostentan los estandarte de la deseada modernidad: potentes equipos de sonido, televisores con pantalla plana, teléfonos celulares de última generación y parabólicas que posibilitan la conexión con una realidad que no puede tenerse

viernes, 5 de septiembre de 2008

Me gusta el Blanco y Negro





















Fui alumno de Miguel Ángel Álvarez en los sótanos del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas,cuando este era dirigido por Sofía Ímber. En ese laboratorio descubrí la magia de la oscuridad,el sabor que brinda develar lo que hay detrás de los rollos ,los conjuros que se cocinan en un cuarto oscuro, en los chasis,las hojas de contactos.Era 1981,y no sabía lo que me deparaba el tiempo,esta inevitable sujeción a la vida a través de un cámara para atormentarme con los recuerdos y cargar con varias cajas de negativos,rostros de gente que se ha ido,otros que andan pero que ya no veo,y una incertidumbre perenne por saber si podré recordar en el futuro ,a esos rostros,esos paisajes.Luego en la UCV,pude saborear in extenso el disfrute espectacular de quien se deleita día y noche,en vacaciones, revelando, copiando,calentando,enfriando reveladores escogiendo papeles,texturas,enmascarando,para lograr el resultado esperado,anhelado.
Me gustaba el olor de los químicos,la textura del revelador escurriéndose en la copia,el sonido del chorro mientras eran lavadas las copias en un carrusel acuático
.Siento gran saudade al evocar al cuarto oscuro siempre acompañado de música: primero fue un radio,luego una cassetera,un equipo con cd,y ya en la última etapa, mi compañero de silencios fue un minidisc que aún conservo en perfecto estado de operatividad.Crucé el siglo XXI entre los anuncios del fin de la Fotografía química ante el advenimiento de la era Digital. Por el empeño de muchos,eso no ha ocurrido.Ciertamente se ha visto disminuida,pero aún quedan muchisimos adeptos en el mundo que son los artesanos que deleitan sus vidas entre químicos,emulsiones y el sonido lento de un obturador mecánico.
Tengo 7 años en la era digital y no me quejo,me siento cómodo y a gusto con estas nuevas sensaciones.Reconozco aquí nuevas,extensas posibilidades discursivas y multiexpresivas
Pero anhelo lo antes descrito.
Me gusta el Blanco y Negro,el respeto por el papel.